
Me llamo María, tengo 11 años y vivo en Cabrera, un pueblito con ciénagas, montañas y caminos donde la música se esconde en cada rincón. Aquí, cuando suenan los tambores del Chandé, no solo se escucha un ritmo alegre, se despierta algo más profundo: se despierta la memoria.
Todo comenzó un día en casa, mientras ayudaba a mi abuela Ladis a preparar las fiestas del pueblo. Buscando entre unos trapos, encontré un tambor viejo. Cuando lo toqué, sentí como si algo me hablara. Mi abuela me miró con esa sonrisa que siempre tiene cuando va a contarme algo importante, y me dijo que ese tambor guardaba secretos. Secretos del Chandé, de nuestra gente, de nuestra historia.
Desde entonces, no he dejado de buscar respuestas. En el círculo de la palabra, junto a los mayores, escuché cómo el Chandé llegó a Cabrera desde la zona Lobana, traído por un hombre llamado Soylo Dávila. Fue mi abuela Ladis quien me llevó, y fue ahí donde el abuelo Leo y otros sabedores contaron cómo, con el tiempo, ese ritmo se quedó entre nosotros y cambió: se mezcló con el murmullo de la ciénaga, con los pasos del campo, con la alegría de nuestras fiestas.
Después quise entender cómo se siente el Chandé en el cuerpo. Y fue Alex, el amigo de mi mamá, quien me enseñó a bailarlo. Él conoce cada paso como si fuera parte de su piel. En un taller que llamamos “Movimiento Ancestral”, Alex y una maestra en danzas nos enseñaron que el Chandé se mueve desde el corazón, y que cada paso habla del río, del monte y de los sueños de quienes bailan.
Mi mamá, Rosa, también me ayudó a entender el Chandé, pero de otra manera: a través de los colores. En un taller que hicimos juntas, llamado “Los Colores del Chandé”, creamos trajes con materiales reciclados. Ella me dijo que cada cinta, cada flor y cada encaje en el traje cuenta una historia, y que al vestirnos para bailar, estamos vistiendo también nuestra memoria.
Y como yo quería conocerlo todo, el abuelo Leo me enseñó a construir los instrumentos. En “Sonidos Mágicos”, con sus manos firmes y su voz tranquila, nos mostró cómo se hace un tambor, cómo se tensa el liencillo, cómo se escucha la historia cuando suena la madera. Él dice que cuando tocamos, estamos hablando con nuestros ancestros.
Así fui entendiendo que el Chandé no es solo música: es una forma de recordar, de compartir y de celebrar lo que somos. Junto a los abuelos, las madres, los amigos y los niños de mi pueblo, aprendí que cada historia, cada paso, cada tambor y cada vestido son parte de un secreto que no se puede guardar: hay que bailarlo, contarlo, tocarlo y llevarlo lejos.
Porque el Chandé no es solo un ritmo que alegra las fiestas… es la memoria viva de Cabrera. Y mientras haya quienes lo sientan en el cuerpo y en el alma, su viaje no terminará.

